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Proyecto Santana: El día que el sol reemplazó al diésel en el Pacífico colombiano
El proyecto Santana fue de esos trabajos que no se olvidan. No solo por el reto técnico, sino por el paisaje, la gente y el cambio que presenciaron.
Santana es una pequeña comunidad de unas doce casas, enclavada en la región pacífica del Valle del Cauca. Como muchas zonas rurales no interconectadas del país, su único acceso a la electricidad era una planta eléctrica que funcionaba con combustible. El ruido constante, el humo y el costo del diésel eran parte del día a día. Romo Comercializadora, en su compromiso con un suministro más confiable y sostenible, decidió dar el paso: reemplazar aquella planta por un sistema solar fotovoltaico diseñado a la medida de la comunidad.
El equipo encargado de la misión estaba conformado por cinco personas: tres técnicos de Cali y dos de Buenaventura. Partieron desde el puerto de Buenaventura en una lancha que los llevó, en poco más de una hora, hasta las costas de Santana. Apenas desembarcaron, se pusieron en marcha con las herramientas y los equipos: paneles solares, inversor, baterías y todo lo necesario para la instalación.
Lo que más les sorprendió fue la acogida de los habitantes. Al ver el esfuerzo y la dedicación del cuerpo técnico, los pobladores no dudaron en tenderles una mano. Unos ayudaron a terminar la caseta de madera que protegería el sistema; otros recolectaron cocos y los abrieron para ofrecerles agua fresca a los trabajadores, un gesto sencillo pero inmenso en medio del calor tropical.
Cuando el sol comenzaba a ocultarse, el equipo se trasladaba a la vecina comunidad de Humanes Mar para descansar y cenar. La comida era siempre pescado recién sacado del mar, preparado por los propios habitantes. Al caer la noche, los técnicos se reunían alrededor del humo que despedía la quema de cáscaras de coco, una práctica tradicional para espantar a los zancudos y al jején, esos insectos diminutos pero tenaces que abundan en las costas del Pacífico. Después de la cena, cada uno se refugiaba en su toldillo, buscando un sueño reparador para afrontar un nuevo día de trabajo.
Dos jornadas intensas bastaron para dejar el sistema listo: cinco paneles solares, dos baterías de 100 Ah a 51.2 V y un inversor de 4 kW. Al encenderlo por primera vez, la energía comenzó a fluir limpia y silenciosa desde el sol hasta las casas de Santana.
Los habitantes notaron el cambio de inmediato. Ya no tendrían que soportar el estruendo de la planta eléctrica ni el olor a combustible. Ahora, las noches serían tranquilas, solo con el rumor del mar y la brisa entre los cocoteros. La gratitud fue tan genuina que los técnicos guardan ese recuerdo como uno de los más valiosos de su oficio.
Una vez confirmado que todo funcionaba correctamente, el equipo empacó sus pertenencias, despidió a la comunidad con un apretón de manos y emprendió el regreso a Buenaventura. En el trayecto de vuelta, sobre la lancha y con el viento en la cara, llevaban consigo la satisfacción de haber hecho más que una instalación eléctrica: habían sido parte de un cambio que mejoraba la vida de una comunidad y, de paso, cuidaba el medio ambiente.